viernes, 16 de septiembre de 2011

China, indescifrable ironía de la historia

Por Ezequiel Sirlin (UBA)

La mutación de la economía china suele ser vista como parte de una paradoja cuya ironía radica en que el régimen comunista más afianzado de la historia haya comandado la mayor escalada capitalista, creadora y destructiva, de todos los tiempos a pesar de las modulaciones socialistas. Para buena parte de la izquierda se trata entonces de una amarga ironía, pero no es éste el único sentido histórico del que es pasible el giro capitalista en la China posmaoísta. En “Dos revoluciones”[1], un reciente artículo de Perry Anderson, asoma otro sentido potencial. Este historiador invierte los términos de la ironía al reparar en el hecho de que la expansión productiva más dinámica de nuestros tiempos, con su record histórico de haber redimiendo de la pobreza “a tantos, como nunca antes, en tan poco tiempo”, haya sido comandada en términos relativamente consensuales a pesar de la estructura autoritaria del régimen comunista más versátil y hegemónico de la actualidad. En contraste con el malogrado régimen soviético, al chino lo distingue su autoconfianza y capacidad para el ensayo, tanto en la fase de negación del capitalismo (Mao) como en la de negación del maoísmo (Deng). “Utilizar el socialismo para construir el capitalismo”, o “utilizar el capitalismo para construir el socialismo; los términos dilemáticos de Robert Weil son útiles para expresar una de las incógnitas cardinales del siglo XXI.
Cualquiera fuera el sentido que esconde la transformación material más grande del siglo que despunta, lo que contribuye a mantener el misterio del rumbo histórico chino es lo descomunal de su escala, la desmesura numérica de sus magnitudes, así como el carácter híbrido de sus estructuras económicas más dinámicas, dentro de las cuales se entrelazan lo estatal y privado, lo comunal y familiar, lo nacional, provincial y municipal, lo doméstico y extranjero, y, tal vez también, lo socialista y lo capitalista. ¿Cuánto inciden la demografía y otros factores exótico-orientales que antes habían motorizado los prodigios económicos de Japón y de los cuatro Tigres
Asiáticos?
Anderson establece las ventajas diferenciales gracias a las cuales el régimen comunista en China nunca se vio expuesto a un derrumbe como el sufrido por el agotado régimen soviético cuando abrió la caja de Pandora con demasiada glasnost (reforma política) y escasa perestroika (reforma económica). Con su capacidad de liderazgo afianzada durante la guerra civil más larga de la historia (1925-1949), y sostenida en el tiempo gracias a la reserva moral que el partido pudo conservar a pesar de sus accesos de terror totalitario, el comunismo chino mantuvo vivas sus pulsiones de cambio y experimentación incluso luego de fracasos catastróficos, no menores a los soviéticos, como la hambruna que siguió al Gran Salto (la peor del siglo XX). Un partido y una nación menos propensos a la desintegración permitieron, según Anderson, planificaciones más flexibles así como autocríticas y revisiones penetrantes.
La expectativa de un viraje igualitario en China esconde la esperanza de que una astuta dialéctica haya estado operando entre las bambalinas del devenir histórico. Si un viraje a la izquierda ocurriera una vez consumada la inmensa transferencia de fuerzas productivas conseguida gracias a la asociación con la diáspora china y las potencias occidentales, tal vez nunca se llegaría a saber si esa oscilación última había estado alguna vez en la mira de los timoneles que sucedieron a Mao. En cualquier caso, los analistas coincidirán en que el socialismo real en la atrasada China se había visto obligado al giro capitalista dada la sobrecarga histórica que significaba desarrollar desesperadamente las fuerzas productivas antes de socializarlas entre su población gigantesca. El atraso industrial, que el maoísmo no había logrado revertir en una medida comparable al estalinismo, sumado al éxito capitalista de la diáspora china y a las oportunidades propiciadas por la globalización, habrían sido los principales factores que incitaron, o bien a los timoneles o bien a la astucia de una dialéctica objetiva, a un vuelco gracias al cual el comunismo evitó su colapso en China, contrariamente a lo que sucedió en la Eurasia soviética. Anderson no avizora un futuro giro igualitario en China, ni detecta ocultos cálculos del Partido Comunista. Al comparar la línea recta que condenó a la URRS con el serpenteo chino, verifica tan solo los antecedentes más favorables que ostenta esta segunda revolución para que de sus entrañas pudieran resucitar eventuales rotaciones igualitarias cuyas híbridas formas contendrían desarrollos muy recientes de las fuerzas productivas. En el más optimista de los escenarios, conjeturado con independencia de “Dos Revoluciones”, renacerían atrevimientos socialistas que, por primera vez en la historia, tendrían lugar en una economía desarrollada y pujante.


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Pero el inventario de los factores que inclinarían la balanza hacia un lado o hacia el otro debe incorporar argumentos alentadores y escépticos sobre el presente capitalista chino y su eventual giro igualitario. Una relación de proporción inversa suele establecerse entre uno y otro punto, dada la creencia de que cuanto mayor fuera la contradicción dinámica que acumulen las inequidades capitalistas en una sociedad con expectativas igualitarias afianzadas, más inevitable sería el despertar de los explotados urbanos y los despojados del campo.
Sin embargo, como observa la politóloga Lin Chun, una ironía adicional del pasado reciente chino consiste en que la mayor crisis hegemónica posmaoísta, cuyo epicentro fue la rebelión y posterior masacre de la Plaza de Tiananmen en 1989, lejos de contener el avance de las nuevas contradicciones que motorizaban la protesta, abrió la etapa de radicalidad capitalista en los años noventa, profundizada a partir de 2002 con la llegada al poder de la “cuarta generación” de dirigentes[2]. Según Lin Chun, fueron estas últimas escaladas capitalistas las que opacaron los buenos resultados de las aperturas limitadas que, tras la muerte de Mao, habían sacado de la pobreza a 400 millones de personas. La furia capitalista desatada sobre el final del siglo no habría detenido en China el proceso de despauperización medido en estadísticas globales. De hecho, la suma total de redimidos del atraso seguiría mejorando a gran velocidad, pero engendrándose una nueva miseria urbana, con grandes problemas ambientales y la mayor población flotante de la historia: entre 150 y 200 millones de personas desposeídos de las ciudades y del campo al mismo tiempo. Otra paradoja que observa Lin Chun consiste en que el lenguaje igualitarista tiene hoy como portavoz más destacado a la oposición al PCCH. El arraigo social de los valores comunitarios resistentes a la privatización y al desarrollismo indiscriminado y predatorio, no ha logrado revertir el avance del capital privado ni la explotación obrera por debajo de los estándares internacionales. Aunque tampoco evitaron que las variaciones del coeficiente Gini de la economía china muestren un incremento de la desigualdad de los más altos del mundo, habrían conseguido, en cambio, la difusión de una conciencia crítica cuya primera victoria habría sido lograr la vuelta atrás de la privatización del sistema de salud.
Por el lado del optimismo actual y proyectado, Cheng Enfu considera que la “economía socialista de mercado” se encuentra a buen resguardo en China gracias a ciertos pilares que las descripciones pro-capitalistas de la reforma ocultan de forma deliberada, comenzando por el predominio de la propiedad pública sobre la privada, particularmente férreo en rubros estratégicos como energía y sistema bancario.[3] El Estado no habría perdido su capacidad de control sobre las estructuras de mercado y sobre la válvula que regula las proporciones del mercado interno y el externo, del mismo modo que aún mantendría un sistema de distribución multisectorial favorable al trabajo.   
Pero, ¿hasta cuándo podría el Estado chino controlar el equilibrio entre las pulsiones capitalistas y socialistas que alimentan una dinámica de crecimiento tan colosal? El aumento de la población y del grado de urbanización plantea un duro dilema entre la superpoblación desmedida y el envejecimiento relativo de la sociedad (con la consiguiente carga fiscal que representarían cientos de millones de pensiones) que habría traído aparejado el control de la natalidad impuesto hace veinte años.
De no ser por el tamaño de los factores y lo vertiginoso de los ritmos involucrados, la incertidumbre por el futuro de China no sería muy distinta al de buena parte de los países suspendidos en actuales turbulencias del capitalismo global. Más aun, para analistas de la neoliberalización mundial como David Harvey, el Estado chino que por un lado abrió puertas a la rapacidad capitalista, por el otro logró articular la más sólida “resistencia keynesiana” al Consenso de Washington. El enorme excedente de mano de obra constituye la presión que explica los continuos megaproyectos de infraestructura, entre otras medidas para evitar las recesiones que sufren los países expuestos a las inundaciones y sequías alternadas de capital financiero. La paradoja que añade Harvey consiste por tanto en que es tan cierto que la emergencia de China como potencia global es producto del giro neoliberal del mundo que comenzó en la década de 1970, como que la “neoliberalización con características chinas” constituye la más eficaz muralla contra la financiarización con terapia de choque que, cada uno a su turno, padecieron casi todos los países del mundo. Como si se tratara de una paradoja dentro de otra, Harvey advierte que el hecho de que la inversión extranjera directa en China sea tan enorme, depara en una mayor capacidad de control del Estado sobre las elites económicas, a través del capital y el tipo de cambio, entre otros instrumentos a su disposición.


[1] Perry Anderson, “Dos Revoluciones. Notas de borrador”, en New Left Review Nº 61, Mar/Abril de 2010. http://es.scribd.com/doc/56101538/Perry-Anderson-Dos-Revoluciones

[2] Chun, Lin, “Lecciones de China: reflexiones tentativas sobre los treinta años de reformas económicas”, Revista Herramienta Web 2, Septiembre de 2009.

[3] Cheng Enfu, “Fundamental Characteristics of the Socialist Market Economy”, en Nature, Society, and Thought, vol. 20, no. 1 (2007), conference on the theme “Socialist Market Economy and Other Theoretical Issues” cosponsored by, the Academy of Marxism of the Chinese Academy of Social Sciences and the Central Translation and Compilation Bureau of the Central Committee of the Communist Party of China was held in Beijing 2–3 June 2007.


2 comentarios:

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